Lo mejor de los últimos meses

| lunes, 20 de noviembre de 2017 | 12:34


Disco Sally, Fangoria, la versión en directo de Pianissimo. Qué letra.


Una novela que es costumbrismo, ciencia ficción, ensayo político, pero, sobre todo, una gran historia de amor. 


Hipnótica. Una exploración de la psique humana, llena de soledad y otros demonios. 



No sé si es un western, o una peli gótica, o un thriller psicológico... lo único seguro es que el aliento viene de "La noche del cazador". 

El gran mistificador

| miércoles, 8 de noviembre de 2017 | 11:29

Recuerdo un documental sobre el gran mistificador, Donald Rumsfeld, durante el cual le preguntaron acerca de la persona que más le apetecía conocer, y él respondió que al ministro de propaganda de Sadam, el mismo que mientras los tanques americanos estaban a las puertas de Bagdad, dijo literalmente “las tropas norteamericanas han comenzado a suicidarse en los muros de la ciudad. Les conminaremos a que cometan más suicidios rápidamente”. Está claro que entre gitanos no se leen la mano. Traigo esto a colación porque en la batalla constitucionalista que se libra en Cataluña, la guerra del agit-prop la hemos perdido. No quiero citar clichés archisabidos, pero la mentira, la añagaza bien argumentada tiene una fuerza que, en muchos casos, convierte los hechos en algo intrascendente. La fuerza del mito, su épica, resulta mucho más estimulante y atractiva que las guerras de cifras o las demostraciones legalistas. El famoso “relato” es lo que se impone, la movilización de las emociones, las construcciones simbólicas, la repetición de logos, el secuestro de las pantallas por historias tan falsas como fascinantes. Pero a quién le importa la realidad cuando la leyenda es mucho más cañera; esa necesidad de un cuento que ordene una realidad cruda e ilegible y la dote de sentido está grabado “in grain” en nosotros. Los grandes relatos que jalonan la historia desde Homero a Shakespeare transmiten lecciones de sabiduría, pero la propaganda funciona en dirección contraria: sobre la realidad traza conductas y orienta el flujo de las emociones, conforma modelos y protocolos, provoca cortocircuitos en los procesos racionales. Porque la gente no quiere datos, quiere creer, prefiere lo ficcional a lo factual, y especialmente en épocas de crisis, en las que la magia y la conspiranoia y el incienso quemado en honor a dioses excéntricos hacen su agosto. Hoy en día, el poder no se mide por la ejecución, sino por la realización, una puesta en escena de constante tensión dramática -en este caso por los independentistas- que conlleva un montaje de flujos de información, muy controlados y centralizados, la influencia en los medios de comunicación, la movilización estética de las masas para crear un espectáculo visual en las calles, todo en busca de una democracia que no delibere, que no juzgue a sus líderes ni la pertinencia de sus políticas, aunque estos les lleven directamente hacia el Leviatán. Básicamente, es una campaña electoral permanente en la que el discurso controla la realidad y la rediseña a su gusto, desvía la atención de lo esencial y crea un mundo de mitos y símbolos a fin de que todo el mundo respire en el interior de una atmósfera milagrosa. Este es el enemigo posmoderno que tiene que confrontar el estado español: universos virtuales, reinos encantados donde el mal y el bien se enfrentan, héroes y villanos, ciudadanos convertidos en espectadores que se limitan a recitar letanías y con un apetito por nuevas y más dramáticas historias, cada vez más violentas y desgarradoras, adaptadas en cada momento a sus estados de ánimo, que buscan acaparar el mayor número de audiencia posible en una espiral de telebasura. Y el estado español no puede únicamente permanecer atrincherado en la ley, en el monopolio de la violencia y las decisiones judiciales. Si el estado pretende que la nación española dure unos cuantos años más debe cambiar la estrategia apresuradamente y, sin renunciar al principio de realidad -la información contrastada que noquee al rumor, la noticia falsa, las manipulaciones-, crear historias que susciten adhesión, que emocionen, que cristalicen algo llamado España; crear mitos que se igualen a los relatos clásicos que transmiten lecciones basadas en la experiencia acumulada, que nos inspiren y nos den moral y herramientas para seguir construyendo un futuro de manera colectiva; que nos diga lo que el país ha sido, lo que es, lo que quiere ser, y la manera en que todos podemos movilizarnos en pos de ese objetivo. Pero, sobre todo, que no nos encarcele. Si quieren un ejemplo son espléndidos algunos anuncios de las Fuerzas Armadas, en especial uno en que aparecen cazas y destructores y de fondo solo se oyen pajaritos, niños jugando, porque “nunca oyes un caza cuando vigila nuestras fronteras, ni una fragata cuando patrulla las costas…”. Veraz. Emocionante. Patriótico sin estridencias. En resumen: la búsqueda de una tranquilidad para todos. Si logramos que lo imaginado no distorsione lo real, sino que lo enriquezca, lo haga seductor sin renunciar a la verdad y fije una cierta imagen de nosotros mismos, estaremos en el camino de hacerle frente a los grandes mistificadores, que mientras nos digan como dijo el surrealista ministro de propaganda iraquí: “Hoy he visitado Bagdad y no he encontrado invasores. Ustedes ven cómo los hemos expulsado a todos de esta ciudad. Están llorando fuera y esperando recibir balas. Serán asesinados en breve”, nosotros ya estemos tomándonos un cafelito con ellos. Gotcha Rumsfeld!

Vaniloquios

| domingo, 29 de octubre de 2017 | 9:22


En una película muy interesante, Billy Lynn, dirigida por Ang Lee, uno de los soldados que realiza una heroica gira por Estados Unidos, se siente totalmente frustrado al ver la ausencia de compromiso con la realidad que tienen muchos de sus compatriotas, en concreto respecto al hecho de que ellos están muriendo en Irak. Finalmente, uno de sus compañeros le desvela: Tienes que darte cuenta de que estamos defendiendo una nación de niños. En ocasiones, yo también albergo esa sensación al ver las declaraciones tan insustanciales como suicidas que ponen en jaque el derecho del Estado a ejercer la coerción, ergo -en algunos casos- la violencia. Son los mismos escrúpulos de monja ante el envío de tropas francesas a combatir las animaladas de los yihadistas, o el escándalo ante los fusiles de asalto G36 que portan los cuerpos de seguridad. La vida, lo real, no se basa en poner fotitas en Instagram o chorradas en Twitter; la vida, lo real, tiene consecuencias que no podrás detener bloqueando al seguidor. Cada derecho conlleva una responsabilidad, y su concesión implica una exigible lealtad: toda vez que esa lealtad queda traicionada, el derecho queda anulado, porque el contrato social es ineludible. Ya el mismo Cicerón afirmaba que somos esclavos de la ley para ser libres, también John Locke: "donde no hay ley no hay libertad", y Rousseau determinaba que somos tanto individuos particulares como ciudadanos, y en ese previsible choque de intereses es la coerción estatal quien estabiliza el sujeto colectivo, el contrato, la sociedad. La ecuación es sencilla: soberanía nacional igual a parlamento igual a un estado que protege ambos.  A lo mejor estamos demasiado acostumbrados a la ausencia de consecuencia, a una dialéctica de mesa camilla, y cuando la policía se ve obligada a hacer cargas para defender esa sujeción de todos los ciudadanos a la ley, las críticas que se desatan son de una hipocresía inaudita, porque somos nosotros mismos los que delegamos ese monopolio de la fuerza. La libertad nunca es gratis, ya lo dijo Rosa Parks, y el precio se paga en Omaha Beach, entre las ruinas de Raqa, desde un F-18 sobre Belgrado, con un toletazo o una pelota de los antidisturbios… Quien no sea consciente de esto puede seguir subiendo consignas estúpidas y fotos a las redes sociales, pero, como escribía Philip K. Dick, la Realidad es aquello que, incluso cuando dejes de creer en ello, sigue existiendo y no desaparece.  

Dante Gabriel Rossetti

| martes, 24 de octubre de 2017 | 11:39



¿Qué hombre no se ha inclinado a velar el sueño de su hijo,
para meditar cómo mirará ese rostro el suyo cuando esté frío,
o ha pensado, mientras su propia madre le besa los ojos, 
en cómo sería su beso cuando su padre la cortejaba?

El piojo de Dios

| domingo, 15 de octubre de 2017 | 9:54

Así era como se autodenominaba Lutero, la mosca cojonera de Roma, el revisionista del dogma católico. La biografía de Lyndal Roper sobre Martín Lutero aporta mucha luz sobre este personaje que se jugó el pellejo frente al mismísimo emperador Carlos en la Dieta de Worms, con su denuncia de la corrupción y la decadencia de las instituciones cristianas. Una iglesia que tenía su particular “impuesto revolucionario” en la venta de indulgencias y tiques para contemplar las reliquias de los santos -el príncipe de Maguncia poseía19.000 fragmentos de huesos sagrados-, como un sistema de financiación cuasimafioso, y que Lutero llegó para denunciar. En un mundo donde las campanas de las iglesias repicaban las noches de tormenta para ahuyentar a sus causantes, demonios y brujas, Lutero se movía en una compleja red de convicciones e intereses políticos y económicos que a punto estuvieron dar con su cabeza en un cesto. La salvación por la fe, como él defendía, sin la necesidad de la práctica laberíntica de indulgencias y confesiones, ni diezmos, ni misa dominical, ni catecismo… eliminaba del tablero de juego a los intermediadores, es decir, sacerdotes e iglesia. De hecho, representaba el mismo peligro para la fe que siglos antes los presocráticos, con su famoso silogismo ser es ser percibido, y qué paradoja que ciertas órdenes como los franciscanos se rozasen también por momentos con el heresiarca y su conciencia sobre el descarrío del despilfarro y los sacramentos inútiles. Ya digo, una época apasionante y peligrosa, con Martín Lutero alimentando las calderas de un siglo cuyos cambios se producían a toda velocidad -especialmente los científicos-, mientras se rompían los corsés medievales y se proyectaba la centuria hacia la modernidad. Como hombre paradójico que era defendía que el sexo no era un peligro para las creencias -él mismo se casó, como buen precursor del calvinismo-, al mismo tiempo que despotricaba contra los judíos, defendía la igualdad de la mujer mientras daba por bueno que Cristo se encarnaba literalmente en la hostia, defendía que los monjes eran completamente santos al tiempo que aseguraba que los corazones estaban llenos de odio, miedo e incredulidad. Lo que queda claro cuando se cierra el libro es que, al margen de contrasentidos, y como decía Victor Hugo, no hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo.   

El pudor de Ishiguro

| domingo, 8 de octubre de 2017 | 10:12



Después del chiste que significó el Nobel al señor Dylan -lo que abrió la puerta a cualquier oficio folklórico que se les pueda pasar por la cabeza, porque ni siquiera como poeta llega-, la Academia ha optado por lo que algunos denominarán un perfil conservador, cuando de lo que único que se trata es de dar el premio a la materia para el que fue concebido: literatura. Curiosamente se lo ha concedido a uno de los grandes admiradores de Dylan, Kazuo Ishiguro, que formó parte de ese dream-team británico que juntó a McEwan, Amis, Barnes, Rushdie… y que le dio un poco de mambo a la narrativa británica de los ochenta. Le descubrí como mucha gente leyendo la novela “Lo que queda del día” tras ver la adaptación cinematográfica protagonizada Emma Thompson y por Anthony Hopkins. Y allí estaba de nuevo la escena que me estremeció, el momento tan delicado como demoledor en que el mayordomo Stevens, tras una vida de pulcritud y dedicación, se resiste a dejarle ver el libro que lee a la señorita Kenton, en un acto casi de violación espiritual, mostrando toda la tristeza y desamparo que ocultaba una fachada rígida e impecable. La novela es precisa -con esa exactitud aprendida de Henry James: no dejen de leer “Los europeos”-, elegante, y te toca el corazón. Luego leí otras que no me entusiasmaron tanto, Cuando fuimos huérfanos, Nunca me abandones… y me quedé con ganas de leer El gigante enterrado -ese extraño revival artúrico- pero lo que resulta de recibo es que Ishiguro es un escritor -y no un experimento social de la Academia- a quien se puede premiar, aunque le den un galardón de tal fuste un poco prematuramente. Este autor tiene una característica que a mí me gusta, y que puedo identificar en otras plumas como la de Doctorow: la capacidad para arriesgarse en cada novela. Ahora bien, la diferencia con el americano es que los saltos de Ishiguro siempre son con red: el desconcierto lo causa no con el experimentalismo, sino con los cambios de registro pero siempre dentro de una legibilidad clásica, o bien haciendo las cosas a destiempo. Me explico: nos puede contar una novela victoriana con la mirada del siglo XX, distopías utilizando herramientas canónicas, o puede escribir sobre vampiros cuando hace años que ha pasado la moda de Amanecer. La redención, la identidad, la ausencia de figuras paternas, los recuerdos que pueden consolar o pueden hundirnos, siempre manipulados por una memoria que los somete a muchas atmósferas de presión, son sus temas predilectos, y escribe a su ritmo, o sea, poco. Respecto a la pachorra, Ishiguro responde que no cree tan necesario escribir mucho como aportar algo diferente en cada creación. Y yo creo que eso va a misa. También maneja una técnica que a mí me fascina, el narrador poco fiable, y volvemos de nuevo a Henry James y su “Otra vuelta de tuerca”, en la que al final no sabes quiénes son los fantasmas, como en El sexto sentido o Los Otros. En ese vaivén Oriente-Occidente que caracteriza a la Academia, se comentará el ninguneo a Murakami -que a este paso va a ser tan legendario como el enfilamiento que le profesa Boyero a Almodóvar-, que a mí, sinceramente, no le veo estatura para un Nobel, pero cada uno tiene sus gustos, y por eso hay ferias. No quiero terminar este artículo sin romper una lanza por esos escritores que se merecen el Nobel y año tras año se llevan la decepción, y más teniendo en cuenta que se les acaba el tiempo: Philip Roth, Juan Marsé, Milan Kundera, Stephen King, Cormac McCarthy, Charles Baxter, Ismail Kadaré… Y sí quiero terminar este artículo haciendo una apuesta por quienes lo pueden ganar el futuro: Jeffrey Eugenides, T. C. Boyle, Dennis Lehane, Colson Whitehead, Alessandro Baricco, Emmanuel Carrére…

Más allá, dragones

| domingo, 1 de octubre de 2017 | 10:12

Y de repente 94 nazis han entrado en el Bundestag. Los británicos, que llevaban décadas con una patita fuera, sacan las dos. Los húngaros sufren tics supremacistas. Una parte de Cataluña se quiere ir. Etcétera. ¿Tan corta es la memoria? No hace ni treinta años que en Yugoslavia se produjo una guerra con campos de concentración tras la atomización del país. El resultado fue la centrifugación en seis repúblicas soberanas cuyo peso específico internacional, a día de hoy, es que siguen jugando estupendamente al baloncesto. Si un estado nación como España se desintegra, el efecto dominó se llevará por delante una construcción tan frágil como es Europa, en cuyo seno se ha producido el mayor periodo de paz y bonanza de toda la historia. A lo mejor es que el estado narcótico que produce el bienestar incita a anhelar aventuras épicas, a cantar la Ilíada como se canta Els Segadors, olvidando que la verdadera gesta europea es haber logrado que haya Seguridad Social y que los supermercados estén llenos. Antes del interrail, y de las pensiones, y de los souvenirs, y de la exigencia de tus derechos y de los Ave y de los Juegos de Barcelona con la Caballé y Mercury dándolo todo, en Europa lo que había eran pestes y carnicerías -solamente en el siglo XVII hubo once conflictos diferentes que implicaron a la mayoría de los países-. Recuerdo un fragmento estremecedor de los diarios de Sebastian Haffner sobre la situación alemana en Weimar: “hubo un momento, que duró tres años, entre el 26 y el 29, que el país se estabilizó y los negocios funcionaban y hubo una razonable porción de calma y orden, incluso de aburrimiento. Todo el mundo hubiera podido ser feliz. Pero sucedió algo extraño, no se supo qué hacer con el regalo de poder disfrutar de una vida privada en relativa libertad, como si los alemanes no supieran cómo emplearla y necesitasen de emociones fuertes, de sensaciones intensas de amor y odio, de júbilo y tristeza, todo acompañado de pobreza, hambre, muerte, confusión, peligro…”. El resto se lo pueden imaginar. ¿Tan mal le ha ido a España en estas décadas? ¿Tan mal han vivido los catalanes en el seno de un estado nación imbricado con un ente supranacional que ejerce de blindaje contra amenazas externas e inestabilidades económicas? Desde luego, Europa no ha robado a España, y por supuesto ningún español ha robado ni un céntimo a los catalanes. Mi impresión es que no se ha sido capaz de conectar todos los factores antedichos en un mapa cristalino para que cada uno de los ciudadanos de este país tengan claro que, como decían los antiguos mapas acerca de las zonas peligrosas o inexploradas, a partir de aquí, dragones. 

Nueva temporada Afinando los sentidos

| miércoles, 27 de septiembre de 2017 | 12:47

Tras un descanso en septiembre, este viernes 29 regresa AFINANDO LOS SENTIDOS, en Aquí en la Onda, con el gran Arturo Téllez: nos acompañarán José Luis Piquero, Juan Carlos Chirinos, Ernesto Mallo, Adolfo García Ortega... Les esperamos siempre en Onda Cero.

Vladimir Tatlin y las plegarias no atendidas

| miércoles, 20 de septiembre de 2017 | 11:48


En la historia de las plegarias no atendidas, contamos con el fantástico Monumento a la Tercera Internacional de Vladimir Tatlin, uno de esos genios que se escurren en la historia. En la recreación de la foto se planeaba construir la torre en San Petersburgo, cuatrocientos metros de hierro, acero y vidrio -más alta que la torre Eiffel-, futura sede de la Internacional -y de algunos restaurantes-. El proyecto se presentó a comienzos de los años veinte del siglo pasado, pero la guerra y los costes de construcción lo jibarizaron a una maqueta. La vida de Vladimir Tatlin, arquitecto, pintor y escultor constructivista es igual de apasionante que este proyecto. 

Malaparte en Cataluña

| viernes, 8 de septiembre de 2017 | 13:09

Los independentistas catalanes no han leído a Curzio Malaparte. En su justamente célebre La técnica del golpe de Estado, el toscano explicaba las claves para dar un golpe como dios manda: directrices claras, una minoría dispuesta a morir, acojonar a la mayoría para que permanezcan neutrales o al menos convencerles de que la cosa no va con ellos, y, sobre todo, ninguna piedad. Leyendo los documentos sobre los que basarán el futuro de la república catalana, llego a la conclusión de que al final todo se reduce a una minoría totalitaria que quiere gobernar sobre una mayoría obviando cualquier viso democrático. Estos señores lo hacen sabiendo que no los pueden fusilar -como hubiera sido podido ser el caso de una derrota bolchevique o el 18 Brumario-, y que las leyes españolas, estas sí democráticas, pueden ser duras pero no letales. Sin ese estado mental de César o Nada ningún golpe de estado puede llegar lejos. El intento de nulificar un orden jurídico por un nuevo orden ilegítimo -¿les suenan los nacionalsocialistas en el 33 con su Ley Habilitante Alemana, tan parecida a la de Transitoriedad?- ya no puede tratarse con eufemismos que no permiten identificar el problema y aplicar la receta adecuada. La democracia española es fuerte, cosa que estos señores no parecen entender, y que si hasta ahora ha habido permisividad con tanta insensatez y chapucería, en toda relación llega el momento de dar un golpe en la mesa. Constitución, Ley de Seguridad Nacional, Código Penal, Estados de Alarma, Excepción y Sitio… el Estado no ha de tener ningún reparo en dar ese golpe porque hay una democracia que proteger. El mismo Puigdemont confunde sentido con razón de Estado, tergiversa el significado del "mandato democrático", alude espuriamente a mayorías inexistentes, chalanea con las leyes a lo Carl Schmidtt, inventa agravios económicos, hace oídos sordos a la invitación de defender sus tesis en el Congreso de los Diputados, pretende "reeducar al pueblo", incautar los bienes estatales, amnistiar a "sus" delincuentes... El disparate nacional, lo titularía el gran Berlanga si pudiese hacer una película sobre los acontecimientos. En el parlamento europeo han sido claros: atacar la Constitución Española es atacar Europa. Blanco y en botella. Si los independentistas creen que van a desatar un levantamiento de los ciudadanos catalanes que saldrán a la calle con un pecho fuera para protegerlos de las inhabilitaciones, multas y cárcel que les van a caer encima, es que hace tiempo que están más pasados que el Sombrerero Loco.